Emocionalmente creyente y racionalmente escéptica.
Creyente porque sigo pensando en una cierta magia que solemos llamar suerte, azar, o providencia; porque aunque continúo modelando paso a paso a mi propio dios, pienso que hay en cada uno de nosotros una semilla de espiritualidad que nos impulsa a preguntarnos el porqué y para qué de nuestro existir; porque pese a que aún dudo que haya un mas allá, estoy convencida de que los que se van siguen estando presentes de alguna forma, aunque sea en la memoria de los seres, lugares y objetos que los vieron pasar...
Escéptica porque busco respuestas, usando para ello la lógica, el método y los conocimientos científicos que poseo a mi alcance; porque no me conformo con mirar la superficie si hay un fondo en el que hurgar; porque no me convence la apariencia fácil sino la realidad aunque sea relativa...
La curiosidad en mi es una necesidad: mis ojos miran el mundo tratando siempre de comprender. A veces lo consigo, otras no. Las respuestas que se escapan se convierten en retos pendientes; las dudas resueltas me dirigen hacia nuevas preguntas haciéndome avanzar. Pero la comprensión nunca me deja indiferente y el conocimiento, doloroso o no, no resta el valor ni la admiración o la decepción de lo conocido.
¿No es una maravilla contemplar la perfección de los pequeños detalles de un recién nacido por mucho que sepamos como se ha concebido y gestado? ¿Son menos hermosas las estrellas si sabemos su nombre o de qué están hechas? ¿Perdemos el miedo innato a lo desconocido cuando no creemos en fantasmas? ¿No nos salen las cosas bien y mal sea o no por azar?
En la estación del misterio, la creencia y el escepticismo son dos soluciones que se nos ofrecen ante las interrogaciones del camino, pero entre ellas existe todo un pasillo lleno de puertas entreabiertas que conducen a diferentes destinos...
Y bien... que cada cual, según le convenga, escoja su salida.