martes, octubre 10, 2006

¿Quien bien te quiere te hara llorar?

Seguro que conocéis y habéis visto más de una vez esos documentales de la naturaleza en los que se “analiza” el comportamiento de un animal durante un periodo de tiempo: se escoge una familia de lobos y se los sigue a todas partes tratando de adivinar a través de sus actos su esencia de especie…

Estaría curioso utilizar la misma técnica con una familia de humanos. Solo que hay un inconveniente: los humanos “disimulamos”.

Cuando mi sobrina acaba con la paciencia de su madre, o la de cualquiera que este con ella en ese momento, y gana el castigo de rigor su frase favorita es “me da igual”. Pero no, no le da igual, es su orgullo el que hace esconder sus sentimientos haciéndose la fuerte.

Ha aprendido ya la primera lección del ser humano: ponerse la armadura.

Porque eso es lo que hacemos desde el momento en que tomamos conciencia de lo tremendamente frágiles que somos. Nos dicen cuando nos está permitido llorar, o enfadarse, o reírse, o emocionarse; cuando debemos hablar y cuando callar; qué es lo políticamente correcto y lo que se considera una falta de respeto; Y nosotros, civilizados, lo hacemos. Retenemos las lágrimas o la carcajada, nos mordemos la lengua, y le decimos “que guapa estas” a la vecina aunque nos recuerde al feo de los Calatrava.

Pero no siempre resulta fácil mantener el tipo. A veces, la coraza tiene puntos débiles por los que se cuela el dolor. Y lo doloroso de verdad no es el golpe que te dan, sino la mano que te lo da, porque suele suceder que la herida viene de aquellos que mejor te conocen y supuestamente te quieren, y al dolor de la “putada” se le suma el dolor de la traición.

Es en ese momento cuando más necesitamos del consuelo de los nuestros, y es precisamente cuando mas suspicaces y furiosos nos mostramos, como fieras acorraladas dispuestas a morir matando. Y nuestra respuesta inmediata es la de reforzar el muro que nos protege, aislándonos aun más del exterior, sin darnos cuenta de que toda armadura acaba por convertirse en un arma de doble filo: rechaza los ataques si, pero al mismo tiempo impide que sintamos las caricias.

¿Merece la pena sacrificar los besos que te da la vida? ¿O tal vez deberíamos tratar de mostrarnos al desnudo, aprendiendo a encajar como inevitables los golpes del destino?

Yo lo tengo claro: no quiero perderme ni un solo roce de labios, aunque me tenga que comer mil hostias antes para sentir el placer de saborearlo.

4 comentarios:

Ard C dijo...

Mallorea, lo que has escrito podria haberlo escrito yo,casi pensamos (por no decir otra cosa) de la misma manera, sin embargo, en ocasiones creo que es conveniente retirarse durante un tiempo, no para construir un muro mas denso, solo para hacer balance y curar alguna herida.
En cuanto a la cantidad de hostias, a la larga uno acaba estando mas que jartito de las hostias y las ruedas de molino y llega a cuestionarse si compensa no recibir casi nada bueno habiendolo dado todo o casi todo.
No creo en el destino, ni creo que la vida tenga ningún sentido que vivir simplemente, pero que dificil es vivir sin los labios de los que hablas o sin las caricias, ¿merece la pena vivir así? seguramente si, pero que dificil se hace.
Besos

ARD (J.Angel)

carteiro dijo...

Me vienen a la mente algunas citas que tengo guardadas por algún lado:

- los padres son los huesos con los que los hijos afilan sus dientes;
- el tiempo no hace mejor al corazón; sólo lo endurece;
- a menudo se echa en cara de la juventud la creencia de que con ella se incia el mundo; pero más a menudo, son los viejos quienes creen que con ellos se acaba todo.

Las he puesto de memoria, seguramente no son exactas, y no recuerdo sus autores, pero creo que vienen al caso ¿verdad?

Lo que decís ambos, sobre todo ard acerca del dolor y del necesario descanso reparador, es algo muy cercano para cualquiera (me incluyo entre los más próximos) y, sólo añadir, que la alegría de encontrar los labios que besan sinceros es el mejor síntoma de que no es algo especial que nos pase a unos pocos; encontrar a esa persona que nos quiere (y que nos hace daño también) es lo que vale la pena de vivir. Para pelear, para discutir, para insultar, hasta un animal vale, simplemente hay que insistir (y no mucho).

David dijo...

Me han gustado tus reflexiones; estoy en una situación parecida, muchas veces cuando quieres a una persona has de hacerle un poco de daño si realmente te preocupa.

Anónimo dijo...

Todo lo que habéis expuesto, está bien, pero, me parece que no es justamente cierto.
Cuando alguien muy cercano, te aplica ese refrán, pensando que te puede hacer un bien, resulta que no es exactamente igual.
Y, en estas ocasiones, es preferible sacrificarse y perder esos besos que la vida te regala, porque, lo que no se puede hacer, es ir recibiendo golpetazos a diestro y siniestro, por el dichoso refrán.
No es muy normal, que la persona que dice quererte, te aseste “hostias” sin ton ni son, por un querer, qué quizás tenga que comerte a labios cerrados.
De verdad, ¿podéis saber lo que realmente significa ese refranito?
No sé yo, pero, a mí no me complace para nada.
Si después del acecho, por decirlo de esta forma, te aplican un castigo y más tarde te lo quitan, por haberte portado bien, o porque en verdad te echan a faltar, no es muy normal, seguir queriendo recibir esos besos de aquellos labios, que un día te amonestaron con una furia incontrolada, por algo que creyeron entender de otro modo y que encima, no son capaces de retractarse, por entender que es un bien que te están haciendo y por tener más experiencia que tú.
Lo que a mí me ha pasado, es el refranito dichoso, pero no lo acepto de ninguna de las maneras, porque, las razones absurdas no las aguanto de ninguna manera.
Muchas veces, quien te dice todo esto, se cree, que por tener más años, tiene más experiencia, pero la verdad, no es realmente así. No todas las personas que sobrepasan ciertos años quiere decir que tienen mayores usanzas, muchas veces, l@s que tenemos menos edad, podemos haber tenido una vida muy diferente y sobrepasar en muchos aspectos en esas vivencias a esa persona, pero, lo verdaderamente absurdo, es que no saben reconocerlo ni dar su brazo a torcer.
La vida, te da caricias muy pocas veces, pero no por eso, has de sacrificar tu existencia, para no perderlas o no carecer de ellas.
Es más sencillo, ser una persona normal y carecer de todo ello, porque, si lo tienes cercano, te hace padecer bastante.
Y, el querer a alguien, no por eso has de hacerle daño, para demostrarla que la puedas querer mucho más.
A mí parecer, creo que es una equivocación total.
Un beso,
PueblaSantos